Sicilia de Nuevo

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Aquella isla que nos
deslumbró dos años atrás; esa isla que guarda en sí misma una
cantidad de tesoros que otros territorios superiores en tamaño son
incapaces de abarcar o mantener. Ese inmenso triángulo de tierra del
que, en un segundo viaje, según tenemos previsto, no repetiremos
ningún punto conocido en el viaje anterior, anclado en el
mediterráneo que reivindica ese mar, la cultura y la forma de vida
que representa mejor que ninguna otra tierra bañada por sus aguas. 

Su gastronomía apabullante, sus gentes inverosímiles y variadas,
que incluyen desde la simpatía más abierta a los rostros más
impenetrables y todo ello, en una naturaleza en la que encontrar
limpias calas, amplias playas, suaves colinas o feroces volcanes. La
isla hollada por todas las civilizaciones que dejaron su impronta en
las orillas del mediterráneo y de las que son testimonio numerosas
obras de gran belleza.

Ese era nuestro destino,
pero, ¿Cuándo comenzó el viaje? ¿En el momento mismo de decidir
el destino? Quizá. Pero en esta ocasión, el viaje se inicia algo
más tarde, en aquellas noches tranquilas en que nos colocamos frente
al televisor par revisar dos películas: Cinema Paradiso y El
Cartero (y Pablo Neruda)
.

Viéndolas, tuvimos
nuestra primera experiencia en esta nueva visita a Sicilia.
Anticipamos nuestros paseos por las estrechas calles de Cefalú
o la sensación de paz, tranquilidad y sencillez bañada de sol de la
isla de Salina, en su campiña interior o en la fantástica
playa de Pollara. Los personajes de estas películas,
Salvatore, Alfredo (Philippe Noiret), Mario (Massimo Troisi) o el
mismísimo D. Pablo (otra vez Philippe Noiret) fueron nuestros
primeros guías involuntarios.

Pisamos de nuevo suelo
siciliano a las 8:55 del 27 de junio de 2012. Una buena hora y una
buena fecha, ¿no?, tanto como cualquier otra que nos llevara a este
lugar.

Un taxi nos lleva hasta
el B&B de Palermo, atravesando una calurosa y
abigarrada ciudad que parece abandonar al adentrarse en un tortuoso,
oscuro y calamitosamente descuidado callejón, en el que llega a
hacer marcha atrás con evidente riesgo de que el coche rozara con
las paredes del propio callejón. Al fin, logramos dar con nuestro
hospedaje, del que no había señal alguna a pie de calle, cargando
todo nuestro equipaje hasta un segundo piso donde nos recibe, en un
salón coqueto, limpio y fresco, Giuseppe, lleno de amabilidad, de
pelo y de tatuajes.

Esa amabilidad no llega
para ofrecernos descanso antes de la hora pactada para entrar en las
habitaciones, pero sí para indicarnos lugares cercanos que visitar
hasta el momento en que podamos hacerlo.
Al menos no cargamos con
las maletas cuando iniciamos nuestro primer contacto con Palermo, con
sus callejas, sus monumentos y sus Granite, esos magníficos
granizados de distintos sabores que nos van a acompañar durante los
próximos días, allá por donde vayamos. Los primeros, de limón y
de almendra (mandorla) los tomamos en un bar, frente a la
catedral.

Catedral de Palermo

La Catedral es el primer
monumento palermitano que divisamos. En la Vía Vittorio Emanuele,
a un paso de nuestro B&B. Tiene un gran patio en su parte
delantera que nos recuerda (todos los patios de una catedral lo
hacen) al de Córdoba, aunque en este caso, el patio está decorado
con palmeras. Los estilos artísticos se mezclan, en otro adelanto de
lo que nos espera en esta ciudad: el arte bizantino se mezcla con el
gótico catalán, el románico normando o el barroco. Llaman la
atención los tres ábsides que sobresalen
en uno de los laterales, así como la portada, de piedra labrada con
arcos ojivales.
Continuamos Vía
Vittorio Emanuele
arriba, exhibiendo nuestro cansancio entre el
tráfico. Dejamos el Palazzo dei Normandi a nuestras espaldas,
hasta una próxima visita y nos adentramos en un dédalo de calles, a
la búsqueda del Mercato Ballaró.

El mercado de Ballarò de Palermo

Allí, a la sombra de
palacios decadentes, fachadas desconchadas y balcones herrumbrosos,
se desata una marea de sabores, olores, colores y voces. Toda esa
vida nos asalta entre las callejas soleadas. Gritos que ofrecen sus
mercancías en lo que a nuestros oídos profanos más parecen
diálogos encendidos, una continua réplica teatralizada que asemeja
a los graznidos de las gaviotas que hasta aquí llegan desde el
cercano puerto y parecen imitar a los vendedores. Porque son
vendedores: pescaderos, carniceros, verduleros, vendedores de olivas,
de encurtidos, salazones, conservas o caracoles. Aquí no hay mujeres
en los puestos, es un mercado con pocas mujeres, al menos el día que
lo visitamos, donde se exponen frutas carnosas que despiertan las
papilas gustativas solo al verlas, verduras desconocidas y
espectaculares de formas y colores. Personajes curtidos pueblan el
mercado sin dejar de vociferar y alardear de sus productos.

De vuelta al B&B,
Giuseppe nos da otra bienvenida más pausada ahora, más documentada,
informativa y placentera. Hemos trocado calores y olores peculiares
por una estancia fresca y unos momentos de descanso.
La primera comida
siciliana está al llegar. Nos rencontramos con la comida siciliana
en La casa del Brodo.
Recomendado por Giuseppe,
un restaurante-tratoría en la misma Via Vittorio Emanuele,
pero en dirección contraria a la zona que hemos recorrido por la
mañana, que debe su nombre a la
especialidad de la casa: el Brodo (Caldo), pero no están las
temperaturas para probar los “Tortellini in Brodo”,
avisados además por la pareja de gallegos que comparten el salón
del restaurante con nosotros, a unas horas en que solo los españoles
se atreven a entrar en un restaurante italiano, por lo que se ve, ya
que nos reciben de forma un tanto descortés, por decirlo suavemente.
Nosotros nos decidimos por Bucattini (una pasta parecida a los
Spaghetti, pero más gruesa) con sarde y Spaghetti con
Vongole, además de los antipasti de la casa, servidos
por nosotros mismos desde las bandejas en que estaban expuestos
(nuestra primera caponata, berenjenas, olivas, quesos, …).
Para el postre no nos atrevemos a pedir nada, pues por poco nos
echan. El primer canolo tendrá que esperar. A pesar del trato
recibido, la comida es exquisita y nuestra primera comida siciliana
ha cubierto nuestras expectativas.
Al salir del restaurante,
las calles están bastante vacías; la hora y las temperaturas
invitan a otra cosa, pero nosotros vamos callejeando en búsqueda del
cercano puerto, en búsqueda de alguna brisa que nos refresque un
tanto. Sorteando callejas pavimentadas con guijarros y adoquines,
asaltadas a cada poco por temerarios vehículos, llegamos a Piazza
Marina.
Una plaza amplia, a un
paso del puerto, rodeada de edificios de estilo gótico catalán y en
cuyo centro destaca un gran jardín (Villa Garibaldi), que
encontramos en obras y en el que destacan árboles históricos, en
uno de los cuales se honra la memoria de un asesinado por la Mafia.
En la misma plaza se
encuentra la iglesia de Santa María de la Cadena donde va a
celebrarse una boda, que por cierto no es la única que se celebra en
la ciudad, pues hemos visto bastantes personas acicaladas de
ceremonia a lo largo del día.
Desde la escalinata que
da acceso a la iglesia tenemos una preciosa vista del pequeño puerto
de Palermo. En realidad es el puerto antiguo, dedicado ahora al
amarre de yates y barcos de vela. El verdadero puerto pesquero y
comercial, está algo más alejado.
En la plaza también se
descubren señales que hacen referencia a una ruta turística sobre
Giuseppe Tomasi di Lampedusa y su obra, centrada en Palermo.
Nos encontramos a un paso del barrio de la Kalsa, donde, al
parecer, vivió el aristócrata reconvertido a literato, pero no nos
aventuramos tanto. En cambio, tras escuchar desde la calle a un coro
cantando en el interior de una (otra) iglesia, sí hacemos un alto en
el camino para visitar la Gallería Regionale di Palermo un
museo situado en el Palazzo Abatellis (por estas calles la
mayoría de edificios son palacios, unos mejor conservados que otros)
también de estilo gótico catalán.
El museo, de dos plantas,
en torno a un bello patio central, tiene más vigilantes y
trabajadores que visitantes, cosa que nos sorprendió en su momento,
pero aún más, cuando a la hora de redactar estas páginas descubro
que parte de los vigilantes del museo son, en realidad, ex
presidiarios mafiosos que se encuentran destinados allí. En cuanto a
su contenido, destaca una colección de pintura antigua siciliana y
entre las obras allí custodiadas, el fabuloso fresco “Il
trionfo della morte”.
De autor desconocido,
datado en torno a 1445, representa a la muerte a lomos de un caballo
esquelético, cabalgando sobre personajes de la nobleza, dando a
entender que la muerte no respeta las riquezas terrenales. Ni qué
decir tiene que al verlo se identifica la inspiración de Picasso a
la hora de pintar su “Guernika”.
La otra
maravilla que esconden los muros de la Galleria y custodian los
¿ex?mafiosos es la Annunziata
(Anunciación), de Antonello de Messina.
Un retrato delicado y de gran belleza, considerado uno de los más
bellos del renacimiento italiano.
El calor sigue apretando
cuando salimos del Palazzo Abatellis y las estrechas calles
del barrio de la Kalsa, con sus sombras, que no son
suficientes para combatirlo como merecería, así, nuestros pies nos
llevan hacia la orilla del mar, hasta el Foro Itálico Umberto I,
donde nos dejamos caer en un banco para descansar y disfrutar de una
débil brisa marina que nos llega.
Los sicilianos tienen un
exquisito remedio para el calor: los helados, y, sin duda, son
especialistas en este riquísimo dulce. No lejos de donde estábamos
descansando se encuentra la más antigua y una de las más
renombradas heladerías de la ciudad, Gelateria Ilardo.
Nosotros desconocíamos esta fama, pero no pudimos evitar probar y
reconocer la calidad de sus helados, en concreto sus brioches
rellenos de gelato di frágola. Una elección difícil, puesto
que en las neveras-expositores se acumulaban helados de muy diversa
factura, todos ellos, absolutamente todos, muy apetecibles.
Para regresar al B&B no tenemos más que seguir Vía Vittorio Emanuele y lo hacemos
morosamente, tanto por disfrutar de la vista de fachadas y
escaparates, como por la imposibilidad de hacerlo de una forma más
ligera, dado el cansancio acumulado. De regreso pasamos por lugares
que pronto se nos harán familiares en nuestra corta estancia: los
Cuatro Canti, la Piazza Pretoria y con su fuente (la de
la “vergonya”), la Iglesia de San Giuseppe dei Teatini,
donde encontramos ¡Otra boda!, un museo de arte contemporáneo, y,
en fin, un gran número de edificios notables.
Después de dormir
intensamente durante toda la noche y descansar de la extensa jornada
vivida el día anterior, nos espera una mesa pulcra y cuidada, con
todo lo necesario para disfrutar de un excelente desayuno.
El capuccino que
nos prepara Giuseppe es artesanal, pues le lleva lo suyo preparar
cada uno de los nuestros, pero se lo agradecemos. Entre capuccino
y capuccino, no puede evitar de hablar sobre fútbol,
demostrando la pasión que despierta el calcio entre los
italianos.
Tras el desayuno nos
dirigimos hacia la Capella Palatina, que no se encuentra lejos
de nuestro alojamiento. Subiendo por Vía Vittorio Emanuele,
esquivamos los coches como podemos, pues por unas obras en curso, no
hay aceras a esta altura de la avenida. Atravesamos la Porta Nuova
para acceder a la Piazza de la Independenza donde se encuentra
el Castello dei Normandi una fortaleza Normanda que ahora
acoge ahora la asamblea regional y que fue la residencia de los reyes
normandos en Palermo. El más importante de ellos fue Ruggero II,
a quien se debe la construcción de la Capella Palatina, a la
que nos dirigimos entre el calor tremendo que a esta pronta hora ya
es muy fuerte.
A la entrada del Castillo
aguardan, amenazantes, varios autobuses y nos tememos lo peor. No
pueden sacarse las entradas vía internet y en las guías consultadas
advierten de las colas que se forman para ver el monumento, pero,
¡Sorpresa! Nadie hace cola. Pasamos sin más problemas y disfrutamos
de una visita casi en soledad. Por delante de nosotros, un grupo con
guía, del que aprovechamos algún comentario suelto, y, más tarde,
cuando estábamos dispuestos a salir, apareció otro grupo. Entre
tanto, hemos disfrutado de un espectáculo maravilloso. En verdad, al
permanecer en el interior de la capilla palatina, uno tiene la
sensación de estar encerrado en un joyero o en el cofre del tesoro
de unos exóticos piratas orientales. Las paredes de exquisito
mosaico bizantino tienen el fulgor dorado que le presta la luz del
sol al atravesar las vidrieras, de manera que su reflejo transmite
esa sensación de encontrarse rodeado de joyas. Es la primera de las
grandes obras del mosaico bizantino siciliano que vamos a ver en el
viaje. Las otras, las catedrales de Cefalú y Monreale
esperan nuestra visita unos días más adelante y es difícil pensar
ahora, encerrados en esta maravilla, que puedan igualarse en belleza.
El calor no nos ha
abandonado, incluso en el interior de la capilla, aunque al salir a
cielo abierto, nos percatamos, una vez más, de su intensidad. Desde
la plaza de la Independenza localizamos el autobús que nos
puede llevar hasta el monasterio de los capuchinos para ¿disfrutar?
de las famosas catacumbas. Los empleados de la compañía de
transporte se encontraban entretenidos con música cuando los hemos
interrumpido, pero no ha parecido importarles y el conductor de la
línea 327 nos ha confirmado que para contratar a alguien en esa
empresa deben hacerles un test de simpatía, pues al vernos algo
despistados (en realidad absolutamente desorientados entre las calles
por las que transita el bus, mirando a todos lados sin ver ni
reconocer ninguna referencia) nos ha indicado, sin que mediara
indicación alguna por nuestra parte, cual era la parada y la
dirección que debíamos tomar para llegar a tan ansiado lugar de
peregrinaje turístico-macabro.
El capuchino de la
entrada, al reconocer nuestra lengua ha pasado de explicarnos nada
sobre el lugar y nos ha hablado directamente de fútbol, hasta el
monasterio, pues, llegan las pasiones terrenales.
La visita a las
catacumbas es toda una experiencia. Hasta 8.000 cadáveres
momificados, puestos así, todos en hilera muy monos ellos, pueden
encontrarse en un espacio agobiante de techos bajos y humedad, con
sus trajes ajados, sus calaveras y su pelo estropajoso saliendo de
ellas. El más llamativo de todos, el de una niña, Rosalía
Lombardo
se llamaba, muerta a los dos años y embalsamada a
perpetuidad para mostrar a las generaciones venideras, quizá, lo
efímero y fútil de nuestra existencia, como efímera fue nuestra
visita, solo apta para estómagos más acostumbrados a ciertos
espectáculos.
Una vez en el mundo de
los vivos, a pesar de que, en verdad, con los muertos se estaba más
fresquito, decidimos buscar el Castillo de la Zisa, que se
encuentra no muy lejos del monasterio de los capuchinos. Giuseppe
nos lo había definido como “una Alhambra en pequeñito”.
Comentario suficiente para despertar nuestra curiosidad.
Seguimos las indicaciones
que nos han dado y nos vamos adentrando en un dédalo de calles sin
aceras, con el consiguiente riesgo para nuestra integridad y, además
de conocer de cerca la pericia de los pilotos motociclistas
sicilianos, descubrimos otro rasgo del carácter de las gentes de la
isla: En nuestro deambular hacia la prometida réplica del monumento
nazarí, cualquiera que nos viera por aquellas calles se acercaba a
nosotros, nos preguntaba y nos daba indicaciones para llegar, hasta
un señor mayor llamó nuestra atención desde la ventana de su casa
y sin que llegáramos a formular pregunta alguna, nos indicaba el
camino. El barrio donde nos hallábamos se iba convirtiendo, poco a
poco, en un barrio de las afueras de cualquier ciudad, tanto daba
donde estábamos. Avenidas algo más amplias y edificios vulgares y
monótonos se adueñaron del paisaje sin apenas darnos cuenta, hasta
que llegamos al Castillo.
Una simple ojeada desde
el exterior nos derrumbó la idea que traíamos. Las expectativas
creadas por los comentarios de nuestro anfitrión se desvanecieron al
instante, pero no se lo tendremos en cuenta al bueno de Giuseppe.
El castillo es bastante
pequeño y de escasa decoración. Es uno de los escasos restos de
arquitectura árabe que se pueden conocer de Sicilia, que fue
utilizado como residencia de verano o pabellón de caza por los reyes
normandos y dispone de un museo de arte islámico con algunas piezas
interesantes. Por lo demás, su interior se halla prácticamente
desnudo y se puede contemplar la obra de ingeniería realizada para
la distribución del agua por todo el recinto.
El calor no ha
disminuido, que va! A las horas más calurosas del día, nos
proponemos regresar al centro, pero para ello es preciso contar con
algún tipo de transporte y por donde nos hallamos, es difícil.
Caminamos y caminamos hasta dar con una amplia avenida que se
encuentra llena de puestos callejeros. No llega a ser un mercado ni
mercadillo, pero podría pasar por algo así. No estamos lejos del
centro pues la silueta del Teatro Massimo es visible desde donde nos
hallamos, pero no creo que podamos dar muchos pasos más. Tras
varios intentos infructuosos por encontrar transporte hacia el centro
localizamos, milagrosamente, un taxi, que nos traslada, por fin hasta
la Antica Focaccería di San Francesco, regresando a terreno
más reconocible, las calles han mutado de amplias y pobladas
avenidas a callejuelas semidesiertas y el pavimento, de asfaltado a
rugosas piedras.
La Antica Focaccería
di San Francesco
es una de los más antiguos establecimientos de
comidas de Palermo, conocido, tanto por su comida como por ser de los
primeros que plantaron cara a la mafia. Se encuentra frente a la
iglesia de San Francesco –original que era quien le puso nombre- y
en ella se sirve comida típica siciliana, desde los omnipresentes
caponata y canoli, hasta los involtini de sarde,
panelle o los Sfincione (muy parecido a las pizzas,
pero con masa de pan y de forma rectangular) y sobre todo, el pani
ca meusa
, un bocadillo de bazo y pulmón de ternera que tiene su
propio mostrador. El resto de la comida se sirve en un self service.
El establecimiento es muy
frecuentado y tiene un cierto estilo “art decó”, con mesas de
mármol, bancos corridos y paredes decoradas con fotografías de
personajes famosos que una vez degustaron recetas similares en
rincones cercanos.
No será la única vez
que lo visitemos durante nuestra estancia pues, además, tiene la
ventaja de que el horario de comidas se adapta más a nuestras
necesidades, pues no cierra a las tres de la tarde, como parece norma
común en el resto de restaurantes.
La sobremesa se alarga
conscientemente y volvemos, otra vez hacia nuestro alojamiento por
Vía Vittorio Emanuele. Nos vamos deteniendo ante los
escaparates diversos y en la fuente Pretoria, que esta siendo
restaurada, antes de tratar de visitar la iglesia de La Martorana
en la cercana Piazza Bellini, pero esta se encuentra cerrada
al público, por restauración. Por fin, entramos en la Chiesa de
San Cataldo
, que ya está restaurada o lo dejan para más
adelante. La Iglesia tiene las características cúpulas bizantinas
de otras iglesias de Palermo, pero es de dimensiones más reducidas.
Las cúpulas están pintadas en bermellón y son muy llamativas por
sus volúmenes y su color, son el único adorno de una iglesia que
semeja una pequeña caja de piedra con escasas aperturas. Su interior
es muy austero: una sola nave central, vigilada por las cúpulas de
piedra, apenas decoradas con mosaicos y pequeño, tanto que las
últimas filas se encuentran ocupadas por las encargadas de la caja y
los souvenirs, apenas separadas de los visitantes por una cortina, lo
que permite escuchar todas sus conversaciones.
La visita es, pues,
rápida y regresamos al B&B tras volver a atravesar los cuatro
canti
, con una reflexión que no deja de ser recurrente durante
toda nuestra estancia en Palermo: Si restauraran todos los edificios
que lo merecen en esta ciudad, no habría suficiente dinero, ni
rescate, ni nada. Sería imposible, estamos seguros. Pero si alguna
vez se llegara a esa utopía, ¿podría ser Palermo la ciudad más
bella de Italia? O cuanto menos, ¿una de las más bellas del mundo?,
lo que es mucho decir, ciertamente, pero es algo imposible dejar de
pensar, a la vista de lo visto en un día apenas.
A última hora de la
tarde salimos hacia el teatro Massimo. Las calles están muy
animadas, salpicadas de puestos callejeros donde se venden banderas
italianas camisetas azzurri, y toda suerte de aditamentos para
animar a la esquadra azzurra que hoy se juega el pase a la
final del europeo frente a la todopoderosa Alemania, en cualquiera de
los múltiples bares en que hay instaladas pantallas al aire libre.
A pesar de los
pronósticos, a los italianos se les ve muy animados y nosotros a lo
nuestro.
En la Piazza Verdi,
el nombre más apropiado para albergar un teatro de Ópera, nos
sorprende la magnitud del teatro Massimo, aislado en el centro
de una plaza en la que destacan también dos kioscos de hierro
forjado, preciosos. El teatro está cerrado pero la plaza muy animada
y frecuentada. Por un momento pensamos que vamos a ver salir por la
solemne puerta del teatro a Michael Corleone con su familia y
que de un momento a otro, alguien va a abrir fuego y la escalinata se
llenará de sangre. Pero no, eso solo pasa en las películas ¿no?
Los aledaños del teatro,
las callejas y plazas, son ahora un auténtico hervidero. Las
terrazas de van llenando de tifosi que toman su lugar frente
a las pantallas de televisión con cerveza y comida. La noche puede
ser larga y hay que estar preparados.
Nosotros disfrutamos del
ambiente y tras un pequeño paseo, localizamos una gelatería
que no está tan abarrotada como el resto de establecimientos de la
zona, ¡no tiene el televisor encendido orientado a la calle! Y
parece un remanso de paz, si lo comparamos con el resto de la zona y
además, los helados son buenísimos. Nos tomamos unos brioches
rellenos de helado y nos quedamos saciados, no es necesario cenar
después de disfrutar con estos helados.
Cae la noche en Palermo y
el clima se dulcifica un poco con la retirada del sol y, al igual que
cae la noche, caen los goles italianos en la portería alemana. La
sorpresa deportiva se consuma. Entre los callejones nos sorprenden
los gritos eufóricos de los espectadores enfervorecidos. Italia será
el rival de España unos días más tarde, con el campeonato en
juego. Y nosotros aquí. Aún hoy cuando en esta noche festiva y
alegre decimos que somos españoles, nuestros interlocutores sonríen
y esperan contentos el próximo partido, pero, ¿Qué pasará
realmente cuando el momento se acerque? Estamos convencidos que nada
(Nada malo). Ahora somos “enemigos” de nuestros anfitriones. No
nos podemos permitir enemistarnos con gente tan agradable que nos lo
está haciendo pasar tan bien, eso seguro.
Al día siguiente los
italianos amanecen felices por la victoria. Desayunamos con Giuseppe.
Después de hacer las
maletas, salimos a dar una última vuelta por Palermo, paseo del que
destacamos un claustro que no corresponde a un edificio eclesial,
sino a la facultad de derecho. Nos dirigimos hacia el mercado de la
Vucciría por Vía Maqueda y entramos en este mercado
desde la Piazza San Doménico. Este mercado no nos impresiona
ya, por ser el segundo que visitamos, a pesar de que su fama es
superior al de Ballaró. Lo que sí aprovechamos es nuestro
paseo para preparar lo que será nuestra comida de hoy. Compramos
fruta, mortadela, panini y pizze al taglio y nos dirigimos al
puerto, donde nos espera el primer aliscafo que nos llevará
hasta la isla de Salina.

Salina

El puerto está muy
tranquilo, sin mucho tránsito y son pocos los viajeros que esperan.
De todos los barcos anclados allí, el nuestro resulta ser el más
pequeño. A las 13:50 zarpa el aliscafo, un transporte rápido y
cómodo que, para nosotros, hace también las veces de restaurante.
Nos acercamos, entre
somnolencias, a nuestro nuevo destino. Aproximadamente dos horas
después de zarpar, ya se divisan las islas. Pedazos de roca sólida
que sobresalen con fuerza desde el interior del mar.
Alicudi primero,
Filicudi un poco más tarde y, por fin, Salina.
Atracamos en el pequeño puerto de Rinella junto a su playa de
arena negra, donde nos espera el taxi-furgoneta que nos ha enviado
Michele para recogernos. Un taxi con un taxista que no habla,
una auténtica rara avis.

Salina

Estamos en Salina.
La tierra que da nombre a la familia protagonista de Il Gatopardo,
la excelente novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa y la
admirada película de Visconti; el lugar donde se rodó El Cartero (y
Pablo Neruda) la película con la que, de alguna manera, iniciamos
nuestro viaje y que tratamos de reconocer en estas primeras horas.
Salina es una isla
calurosa y verde. Las laderas de sus montañas (dos cráteres gemelos
ya extinguidos) rebosan de verdor. Tres kilómetros de curvas y
cuestas después de llegar a tierra firme, alcanzamos el centro de
Leni.

Salina

El hotel de Michele
está enclavado en la ladera y desde la terraza vemos el mar al
alcance, casi, de nuestras manos. Michele nos da la bienvenida
con gran amabilidad mientras nuestra vista nos lleva hasta otras
islas: Lípari, Vulcano y entre la bruma, la propia Sicilia.
El pueblo del hotel
son unas cuantas casas desperdigadas y una iglesia desvencijada que
deja sus puertas abiertas durante los distintos oficios para, parece,
captar feligreses, en competencia con la Iglesia Evangélica que, a
menos de cien metros, casi casi, la enfrenta. Las campanas repican
cada cuarto de hora y las oímos tan claras y tan cerca que muy
pronto nos acostumbramos a su sonido.

la iglesia del pueblo de Leni, Salina

Las casas están situadas
en torno a un núcleo muy pequeño, con sus Tabacchi, su
farmacia, su supermercado y su Municipio, donde no falta una
estatua y una inscripción en la que se recogen los nombres de los
caídos del pueblo en las dos grandes guerras mundiales. Llama la
atención el apellido López de uno de ellos, reflejo de los tiempos
en que estas islas fueron españolas.
Más allá del núcleo
del pueblo se desparraman pequeñas casas de arquitectura eoliana.
Rodeadas de vides la mayor parte de ellas. Todas las viviendas tienen
un patio orientado a la costa. Sus techos están soportados por
columnas abombadas y pintadas en colores suaves, pastel. Los rosas,
canelas, azul celeste, amarillo pálido, conforman la paleta que
decora estas laderas. Transmiten una inequívoca sensación de
tranquilidad y sosiego.
La cena en el hotel la
hacemos a base de pescado, como impone el hecho de encontrarnos en
una isla: Rizola, un pescado local sabrosísimo, anchoas
rebozadas en sésamo blanco y negro y, ¡como no!, capperi.
Las alcaparras de estas islas no nos van a abandonar durante toda
nuestra estancia en el archipiélago.

Por la mañana bajamos a
Rinella. Nos espera una mañana de playa. Hay un autobús que
recorre toda la isla por la única carretera que la recorre. En total
son 16 Km de carretera para toda la isla. En nuestro autobús solo
viajamos algo más de tres kilómetros hasta volver a dejarnos en el
puerto de Rinella. La playa es diminuta, la única de arena
(negra y fina) de toda la isla, está a solo unos pasos de allí,
resguardada por un acantilado horadado por cuevas artificiales que,
en otro tiempo, fueron resguardo de barcas de pescadores. La playa, a
pesar de estar situada tan cerca del puerto, donde no dejan de
atracar Ferries (aliscafos ya conocemos la palabra) y otros
barcos, tiene un agua limpia y transparente, como en toda la isla,
tal y como comprobaremos por la tarde. Disfrutamos de una mañana
relajada y remojada, tratando de ocultarnos del sol a la sombra del
acantilado y las cuevas que horadan la roca. Rocas negras donde
habitan pequeños cangrejos se adentran en el agua. Nada que perturbe
una plácida mañana playera, que terminamos tomando algo en un
restaurante cercano, disfrutando de las vistas y del atún fresco.

la playa de Rinella

Por la tarde hemos
quedado con Bartolo, quien llega puntual a nuestra cita para embarcar
en su pequeño barco para rodear la isla desde el mar.
Tras pocos minutos de
navegación y charla con Bártolo, llegamos a la sorprendente playa
de Pollara. Asemeja un escenario teatral cuyo telón de fondo
es una gran cortina de lava solidificada. Al oeste encontramos un
espectacular arco de piedra esculpido por las olas y el viento
durante siglos.

el mar en Pollara

En este lugar nos
lanzamos al mar tranquilo y disfrutamos de la frescura y la
transparencia del agua y de un paisaje cautivador desde una
perspectiva propia. Desde aquí observamos como la oscuridad de la
piedra natural y salvaje se mezcla con el azul brillante del agua y
la vegetación a la que da cobijo.
Hay otros barcos y otros
bañistas compartiendo el momento, somos conscientes de que la playa
se encuentra en regresión, pero a pesar de ello el disfrute es
máximo.
Bartolo leva anclas. Es
un pescador que en otros tiempos llegó a pescar frente a las islas
Baleares acompañando a su padre. Nos habla de pescados y de su isla.
Ahora sigue pescando, pero de vez en cuando, sucumbe a los cantos de
sirena y lleva a turistas como nosotros en su barca.
Durante toda la travesía
nos acompaña la visión del doble cráter característico de la isla
de Salina y divisamos los distintos núcleos habitados de la isla:
Malfa, Santa Marina, Lingua, … Bartolo nos sigue
hablando de su isla, de las alcaparras, del camino para ascender al
monte Fossa de li Pelcci, de los pocos habitantes que viven en
Salina, del barco cisterna que trae el agua. Y entre conversación y
conversación detiene su barca y nos bañamos en áreas despobladas,
en esa agua que sigue transparente y que, en ocasiones, es cálida.
El sol no deja de apretar.
Ha sido una tarde
marinera, calurosa, húmeda y sobre todo, placentera.
Nos despedimos de Bartolo
y paseamos por Rinella hasta tomar de nuevo el autobús que
nos lleve a Leni y en el bar de la plaza nos tomamos un
granite de gelsi con panna, (ahí es nada) y entablamos
conversación con la chica del Bar. Parece imposible ocultar nuestra
procedencia y aún más, que no nos hablen de “La Partita” (el
partido – ndr). Nos explican que en la plaza se organizan para ver el
partido todos los del pueblo en una pantalla gigante. Nos esperan
para mañana (no sabemos con qué intenciones, pero, a decir verdad,
parecen sinceramente amistosas).
Ese mañana llega. En el
hotel cualquiera que nos saluda nos sonríe y nos dice cualquier cosa
sobre La Partita.
Alquilamos un coche para
recorrer la isla, esta vez por tierra. Entre un viejo Suzuki
descapotable y un viejo Citroën con aire acondicionado hay cinco
euros de diferencia y unas diferentes posibilidades de deshidratación
y cefaleas, dado el tórrido día que nos saluda. Así que optamos
por el Citroën.
Descubrimos el interior
de la isla aún más verde de lo anunciado por sus laderas. Al tapiz
que conforman las vides se unen pinos, grandes pinos, helechos y
(¡sí) alcaparras.
Volvemos a divisar la
playa de Pollara, pero esta vez desde tierra, desde lo alto
del mirador del Castello. De allí se observa una llanura fértil que
abruptamente se desploma hacia el mar. En el mirador se podría
permanecer durante horas y disfrutar de esta belleza, pero parece
imposible permanecer unos pocos minutos bajo este sol inclemente.
Continuamos disfrutando
de la belleza de la isla atravesándola por su única carretera y
deteniéndonos en aquellos lugares que nos llaman la atención, que
son muchos, pero necesitamos detenernos y darnos un chapuzón.
Divisamos una playa e
intentamos localizarla, con una suerte tal, que resulta ser la única
de toda la isla con sombrillas y hamacas y a la que puede accederse
en coche casi hasta la misma orilla. Lo que en otra ocasión podría
ser una pequeña playa de piedras, ahora parece el más esperado de
nuestros paraísos posibles.
Una vez repuestos y tras
exhibir nuestras habilidades en la única gasolinera –de
autoservicio- de la isla, nos dirigimos hacia Lingua una
pequeña localidad al borde del mar, donde nos enfrentamos de nuevo
al inmenso calor de este día y, siguiendo los consejos de Michelle,
tomamos Pane Cunzato en la terraza cubierta del Bar Da
Alfredo
que en estos momentos está ocupada por varias mesas
largas repletas de parroquianos que celebran varios cumpleaños,
alguno de ellos, de muchos años.
El Pane Cunzato es
una gran tostada redonda de pan artesanal, a la que le añaden
productos típicos eolianos: pomodorino, queso, atún,
anchoas, … y … ¡cómo no!, ¡alcaparras! Que están buenísimos.
El postre lo componen, de nuevo, granite, que también tienen
fama los de este establecimiento, una fama merecida, todo hay que
decirlo.
De nuevo en Leni,
Michelle
gestiona con la propietaria del negocio de coches de
alquiler para que nos lo deje hasta la noche, lo que se soluciona con
la promesa de dejar el coche abierto en el aparcamiento con la llave
en la visera, lo que así haremos, sorprendidos por la confianza que
se respira por estos lares, donde parece imposible que alguien tenga
algún problema de los llamados “de orden público”.
La piazzeta de
Rinella, donde está todo preparado para ver el partido, es
cualquier cosa, excepto una reunión de fanáticos esperando ver un
partido de fútbol de importancia. Más bien se asemeja a aquellas
plazas de nuestros pueblos que, llegadas las fiestas mayores, se
engalanaban y a las que acudían, con las sillas de sus casas, las
señoras mayores para poder ver el baile cómodamente. Aquí, cada
uno trae su silla y se instala para ¿disfrutar? de la partita.
En la plaza, la pantalla gigante todo lo preside, un bar muy
concurrido cierra la plaza y una pizzería, a la que se llega por un
tramo de escaleras desde la plaza surte a los
espectadores-aficionados, que no paran de bajar y subir escaleras con
pizzas.
Al marcar España su
primer gol, cuatro españoles gritamos entre sorprendidos, tímidos y
alborozados y quienes se encuentran más cerca nos miran extrañados.
Nada más. Por la plaza vemos a Michele con amigos y personas que
trabajan también en el hotel o a Bartolo con su novia. Todos nos
saludan amigablemente. España gana y cada uno a su casa. Un momento
que puede considerarse histórico, vivido con absoluta sencillez y
normalidad. Las mismas sensaciones que tenemos cuando dejamos el
coche abierto en el aparcamiento, siguiendo las instrucciones dadas.
Si ayer fue el día de
“la Partita”, hoy es el día de la partida. Dejamos las
verdes colinas de Salina embarcados de nuevo en otro Aliscafo
con dirección a Stromboli. Pasamos gran parte de la mañana
embarcados, pues nuestro aliscafo hace escala en varias islas,
incluso vuelve a Salina, a Santa Marina, y hasta el medio día no
divisamos Strómboli. Imponente, como un cono casi perfecto emerge
del mar escupiendo humo por su vértice. Impresiona.

Stromboli

Impresiona de lejos, por
la naturaleza bruta que transmite. Hemos traspasado un punto de no
retorno. Las fuerzas naturales toman su lugar y el aislamiento se
percibe al llegar, más que en ningún otro lugar conocido. Una vez
en tierra, la obra del hombre es evidente y bella. Casas bajas y
pequeñas, encaladas, parecen descender de la montaña hasta
encontrarse con el mar, como si fueran restos de una lava inofensiva.
Las puertas y ventanas de colores contrastan con el blanco de sus
paredes y el negro del terreno, de las playas de arena que rodean
toda la isla.
Descubrimos callejas
intrincadas y estrechas, muy estrechas, donde las casas se agolpan
entre sí, dejando apenas espacio para recorrerlas a pie, aunque las
motocicletas, las Ape-“vespas”, presentes por doquier, y hasta
carritos de golf se atreven a transitarlas. Son estos los únicos
vehículos que pueden moverse por la isla, al margen de los barcos y
barcas que salpican el azul intenso y limpio del mar. Pero todo,
calles, casas o barcas, parece pendiente del volcán. A cada tanto se
observan explosiones. Columnas de humo gris se elevan hacia el cielo
de forma casi acompasada, demostrando –y avisando- de lo frágil de
nuestras vidas y de nuestro modo de vida, aunque aquí, esto tiene
otro sentido.

el típico medio de transporte en Stromboli

Playas negras de arena y
rocas de gran volumen y formas caprichosas. Una de ellas el
Strombolicchio, sobresale en el mar con un pequeño faro en su
cima. La roca, resto de una antigua erupción, es visible,
prácticamente desde cualquier punto de la costa.
El mar acoge barcos de
recreo y barcas de pescadores ancladas en un mar que parece en calma
perpetua bajo un sol abrasador e inclemente.
Recorremos las callejas
calurosas con la vista puesta en la cima del volcán, que no deja de
escupir humo y en nuestro callejear pasamos varias veces por la casa
en la que vivieron Ingrid Bergman y Roberto Rossellini, hace ya más
de medio siglo, durante el rodaje de Strómboli, ahora
convertida en museo, al que solo puede accederse si se forma parte de
una asociación. La isla entera parece un homenaje a ambas estrellas,
en especial a la actriz, pues por doquier se encuentran lugares y
establecimientos con su nombre, fotos, posters, …
Tras este deambular por
los distintos núcleos de la isla: Piscitá, San Bartolo o San
Vicenzo
volvemos a disfrutar del mar en la pequeña playa de roca
y arena negra que hay a los pies de nuestro hotel hasta el atardecer, cuando nos embarcamos para
observar desde más cerca, desde el mar, a la altura de la Sciara
del fuoco
, el espectáculo de las explosiones.
La barca que nos traslada
es pequeña y un jovencísimo capitán nos guía, a turistas de
distintas procedencias, hacia una ladera yerma y oscura, por donde
descienden todos los deshechos del volcán.
Nos acompaña también
una luna llena, reflejándose en su espejo marino que, poco a poco,
se asoma al propio volcán.
Al llegar a la la Sciara
del fuoco
, es la hora de la puesta del sol y comienza el
espectáculo. Poco a poco se oscurece el cielo y se enciende la
cúspide del volcán. En este lugar, mecidos por el mar, asistimos a
varias explosiones. Dos de ellas elevan material incandescente hacia
el cielo a gran altura y dejan resbalar lava y magma hasta el mar,
dejando una estela humeante. Es la naturaleza que asombra, que
saluda, que avisa.

la sciara del fuoco

Regresamos a puerto
emocionados por lo recién visto y vivido, para dirigir nuestros
pasos hacia el hotel, cuando asistimos a una situación sorprendente:
La isla no dispone de alumbrado público en muchas zonas y la única
forma de guiarse en la oscuridad es hacerlo con la ayuda de linternas
propias. Puede saberse de la presencia de otras personas únicamente
por la luz de sus linternas. Al parecer, se trata de una decisión
tomada por los habitantes de la isla de manera voluntaria, ya que de
esta forma, en la oscuridad, se aprecia mucho mejor la cima del
volcán Stromboli, que con sus erupciones casi ininterrumpidas,
impide olvidar que la isla le debe a ese fenómeno natural su nombre
y su existencia.
La mañana se inicia muy
pronto. Como estamos muy al este, el sol nos visita muy temprano y
aprovecho para subir por la ladera del volcán por un camino que se
inicia en la Chiesa de San Vincenzo. El camino es de tierra
oscura y muy empinado. Dejo atrás el observatorio vulcanológico y
sigo ascendiendo, acompañado de lagartijas y plantas de alcaparras,
hasta la llegada al antiguo cementerio, donde las lápidas, pequeñas,
están desperdigadas entre la maleza. Desde aquí se distingue la
marca del volcán; poco más arriba no existe vegetación, solo rocas
negras, hacia abajo, se aprecian las pequeñas casas blancas como
sembradas en la ladera y se disfruta de unas vistas espectaculares de
un mar poblado de barcos a la salida del sol.

puesta de sol

Todavía trato de
ascender algo más. A partir del cementerio la pendiente se inclina
aún más y a pesar de unos escalones rústicos que tratan de ayudar
en la subida, o por culpa de ellos, el ascenso se torna cada vez más
exigente y antes de lo inicialmente previsto y deseado vuelvo sobre
mis pasos, volviendo a disfrutar de la vista en mi camino hacia el
hotel. Antes de llegar a las primeras calles, hago una parada en la
panadería para comprar unos cornetti.
La visita de la noche
anterior a la Sciara del Fuoco parece que no ha sido
suficiente y alquilamos un kayak con el que llegamos hasta allí.
Durante el trayecto descubrimos múltiples y frecuentadas calas
pequeñas, esculpidas en la roca negra, hasta que salimos a mar
abierto para volver a divisar la ladera oscura de la Sciara.
Esta vez no asistimos a ninguna explosión pues tenemos poco tiempo
para volver.
De regreso a la playa del
hotel y tras un nuevo baño, protegidos por Strombolichio,
vamos a comer a una pizzería-tratoría, una experiencia que es mejor
no dejar reflejada aquí, pues desmerecería el relato de tantas y
tantas cosas buenas como nos pasaron. Baste decir, en todo caso, que
comprobamos la cara menos amable de Strómboli, esa que hace
sentirse avergonzado a un viajero, a pesar de encontrarse en un lugar
paradisíaco.
La tarde es propicia a
olvidar lo sucedido, relajada, con descanso, paseos por las
intrincadas calles hasta el puerto, otra vez, helados y alguna
sencilla compra.
Precisamente en esos
paseos y tras pasar por enésima vez por delante de la fachada rojo
óxido salpicada de los marcos color ocre de sus puertas y ventanas,
encontramos abierta la casa de Ingrid Bergman y Roberto Rosellini
pero un cartel indica que el acceso está solo permitido a los
socios. En realidad se trata de la sede de la Asociación Cultural
Ingrid
y nada más sencillo que asociarse a la misma, por 2
euros, para acceder a la casa.
En la casa se puede
visitar el dormitorio de la actriz, donde está la cama matrimonial,
una cómoda, un tocador con su respectivo espejo y su butaquita,
además de un armario medio abierto, donde se adivinan algunos
vestidos que debieron usarse en la película.
También hay afiches y
fotografías de la filmación. Según nos cuenta nuestro, ya,
compañero de asociación, Rossellini arrendó esta casa porque era
la única de la isla que tenía baño dentro. En aquella época,
inmediatamente después de la guerra, la luz eléctrica llegaba a
intervalos, ni siquiera había hoteles y la mayor parte de las casas
eran muy modestas. También nos contó anécdotas del rodaje, entre
otras, que quien representó el papel de párroco en la película,
era el auténtico párroco de una de las tres iglesias que por aquel
entonces había en la isla, a pesar del despoblamiento que sufrió
Strómboli por aquel entonces, que vio como muchos de sus
habitantes emigraron, bien a Australia, bien a la más cercana
Nápoles.
Tras disfrutar
contemplando uno de los atardeceres más bellos que se pueden
contemplar, la noche se nos echa encima de nuevo, pero en esta
ocasión, no hay paseo marítimo ni visita volcánica, tan solo una
cena en la terraza junto al mar, lo que tampoco es de despreciar.
De Strómboli a
Palermo, pasando por Panarea, Rinella, Santa Marina Salina,
Lípari, Milazzo y Cefalú
, el aliscafo nos vuelve a sacar
de la isla, tal y como nos llevó, pero cuesta alejarse y dejar
definitivamente estas islas, estas rocas paradisíacas ancladas en un
mar cristalino. Strómboli es la isla más alejada de Sicilia
y nuestro barco se detiene en varias de las islas. Atraca en Panarea,
la isla que atrae a los más ricos, lo que se demuestra en el gran
número de yates fondeados y las casas que podemos divisar desde el
interior del aliscafo. Hace escala en Rinella, donde
volvemos a recordar los recientes días pasados junto a este coqueto
puertecito y su playa. Vuelve a detenerse y a hacernos recordar la
tarde en la que pasamos por Santa Marina Salina y hace una
escala algo más larga, en Lípari, donde vamos a hacer
transbordo al barco que nos devolverá definitivamente a Sicilia.

otra puesta de sol

El puerto de Lípari
es el más bullicioso y grande de cuantos hemos recorrido en las
islas. Apenas nos alejamos de la zona portuaria para tomar un café y
comprar unas frutas. No hace falta más para saber que estamos en la
isla más turística y poblada del archipiélago.
Llevamos toda la mañana
de barco en barco, de puerto en puerto, hasta llegar a Milazzo. Aquí
tomamos un coche de alquiler pues es la única forma de proseguir el
viaje sin dedicar demasiado tiempo a esta ciudad portuaria con apenas
atractivo. Tras tanto tiempo sin contacto con coches (aquí son
máquinas) avenidas, tráfico y señales, nos hacemos un lío
que nos resuelve un señor que iba a comprar al supermercado y que
nos indica la dirección después de haber hecho su compra.
Ya estamos en la
autostrada, camino de Cefalú, atravesando túnel tras
túnel sin dejar de divisar la costa.

una calle de Cefalù

La primera impresión de
Cefalú es la de un Benidorm de los años 70: una larga y
concurrida playa urbana de arenas finas. La diferencia, y vaya
diferencia, está en el centro del pueblo. Cefalú es una
ciudad pequeña y hermosa con mucha personalidad, la que le otorgan
la gran peña que la resguarda, sus murallas y su catedral, sobre
todo sus dos torres omnipresentes.
Tratamos de encontrar
algún resto de la presencia de Salvatore o Alfredo por las estrechas
e intrincadas calles del centro de la ciudad, pero no es posible. Los
turistas hemos tomado la antigua ciudadela normanda al asalto y los
lugareños han trocado sus casas en comercios, donde ofrecen los
mismos productos, unos y otros, sin apenas diferencias en su oferta y
en un recodo, en una esquina de la Via Vittorio Emanuele
(¿Porqué los italianos expulsaron al rey si luego le dedican las
calles más importantes en todas las ciudades?) encontramos el
Lavatorio Medieval un lavadero público de la época de los
normandos. De piedra oscura y gastada y ambiente húmedo y fresco.
Casi trepando por una de
las calles, llegamos a la plaza de la catedral. Una plaza muy
animada, protegida por la inmensa y omnipresente roca y presidida por
la imponente catedral, en la que los paisanos discuten en los bancos,
mientras los turistas toman sus granite en las terrazas de las
heladerías o entran y salen de la catedral para admirar,
especialmente su pantocrátor y sus mosaicos bizantinos.
Regresamos bordeando el
malecón de la Calura y admirando las vistas de un mar
algo encrespado ahora, para finalizar en la playa, junto al pequeño
muelle, donde se respira un aroma de pueblo antiguo y volvemos a
tratar, en vano, de percibir la antigua presencia de Alfredo o
Salvatore, antes de regresar a Palermo.
Tan solo 80 km. nos
separan de la capital. Un trayecto que bien pudiera realizarse,
aproximadamente, en una hora, pero que para quien no esté
acostumbrado a las técnicas sicilianas de tráfico y conducción,
puede alargarse algo más, como es el caso. Tras más desvíos y
vueltas de las precisas, logramos alcanzar nuestro destino, llegamos
a un nuevo alojamiento, más alejado del centro que el que
disfrutamos en nuestra anterior visita a la ciudad. Palermo es capaz
de mostrar muchas caras diferentes, de ahí que ahora, a pesar de
nuestra recentísima visita anterior, nos parezca otra ciudad con
otra fisonomía, aunque mantiene ciertas características en común:
su suciedad, su aspecto deteriorado y su vitalidad callejera.
El Bed & Breakfast de Giovanni está situado en una calle poco
transitada en la que la vida parece detenerse. La fachada y la
entrada al establecimiento no se distingue de cualquier otra casa y
ya cuando entramos tampoco encontramos grandes diferencias. Tras ser
recibidos y obtener todas las indicaciones precisas, descubrimos unas
habitaciones amplias y limpias con vistas a la calle, un callejón en
el que la vida parece moverse lenta, muy lentamente.
Acabamos el día en el
restaurante de Enzo, siguiendo las recomendaciones que nos
dieron en el B&B. Atravesar estas calles
palermitanas por la noche tiene su punto de aventura. Están sucias y
mal iluminadas, y las personas con las que nos cruzamos son, en su
mayoría, inmigrantes de tez más bien oscura. Aquí se encuentran
comercios hindúes, africanos y chinos, entre otros, un auténtico
mundo concentrado en unas pocas calles, hasta que alcanzamos la
Estación Central y la trattoría de Enzo, donde
disfrutamos de nuestras pizzas y nuestra pasta con setas en un
ambiente muy familiar, tanto que hasta nos despiden con un “Bona
nit
!”, pues el camarero trata de hacer un alarde de
hospitalidad con nosotros.
Dormir en una habitación
que da a un callejón silencioso tras un día como el vivido es una
auténtica bendición. Y aún lo es más, despertarse y toparse con
un desayuno como el que nos ofrecieron: Tartas caseras sabrosísimas,
cornetti recién hechos, frutas, mermeladas y fiambres
exquisitos, aunque nos acompañe una ruidosa televisión en la que
las noticias y los debates giran en torno a la crisis y los recortes
abordados por el gobierno; un toque indeseado de realidad que nos
recuerda que nuestro viaje está pronto a finalizar, pero que no nos
impide disfrutar del excelente desayuno.
La mañana se nos va
atravesando Palermo para devolver el coche de alquiler y volviéndola
a atravesar en el metro (No es este el último medio de transporte
que vamos a utilizar). Un metro que no se diferencia en nada de
cuantos hayamos podido conocer. El mismo ambiente gris y anodino de
tantos y tantos trenes subterráneos, aunque una niña negra con
rizos imposibles, que viaja con su madre, nos alegra el trayecto con
sus sonrisas.
Volvemos al mercado
Ballaró para hacer las últimas compras gastronómicas
(Anchoas artesanas, Mortadela, diversas variedades de pasta, quesos o
botarga, como aquí llaman a la hueva de atún, entre otras
cosas). Es una mañana de regreso a nuestros primeros días en
Palermo, tanto que, después de comprar la necesaria maleta para
nuestra vuelta y darnos cuenta que, en realidad nuestra nueva
residencia no estaba tan lejos del centro como pensábamos, volvemos
a comer en la Antica Focaccería di San Francesco.
Tras la comida,
atravesamos las empedradas y tórridas calles hasta regresar a la
plaza Julio César, la de la Estación Central, para tomar un autobús
que nos lleve a Monreale.

Tras una espera demasiado
larga, el autobús de la AST nos lleva por barrios de Palermo hasta
Monreale. En realidad tenemos la sensación de no haber
abandonado Palermo en ningún momento. La distancia que recorremos es
apenas de 10 kilómetros, pero el trayecto es completamente urbano.
Los barrios de Palermo que atravesamos son populosos y el tráfico
muy denso, hasta que abordamos una serie de cuestas pronunciadas y el
cobrador nos indica la parada en la que debemos abandonar el autobús
y el horario de vuelta (¿llevaremos algún tipo de cartel en el que
se diga que somos turistas y vamos a visitar la catedral?).
Para llegar a la catedral
atravesamos una calle peatonal empedrada, porticada y atestada de
comercios, el Corso P.Novelli y la Via Roma, hasta
llegar a la plaza del Duomo.
Una vez en su interior y
tras coincidir con otra boda (¿Cuántas van?) completamos la
trilogía: Tres pantocrátor, tres joyas de la arquitectura normanda,
tres mosaicos bizantinos. La Capilla Palatina, la
Catedral de Cefalú
y, ahora, la de Monreale. No solo el impresionante
pantocrátor, sino todo el mosaico, en el que se representa desde la
creación a la Pasión de Cristo. Es espectacular y grandioso, no en
vano, según se dice, se utilizaron 2.200 Kg de oro para cubrir los
casi 6.000 metros cuadrados que tiene de superficie.
Aún queda una joya más
para disfrutar: El Claustro, al que se accede desde fuera de la
catedral y cuyos arcos porticados contienen 228 columnas ricamente
decoradas con capiteles románicos del siglo XII con iconografías
que combinan lo religioso, con lo pagano, los elementos clásicos y
la mitología popular.
Es nuestra última visita
en Sicilia, nuestro último monumento. Solo nos queda retener la
vista que nos ofrece Palermo desde un mirador situado tras la
catedral, pero no es posible. Ya no cabe más en nuestras retinas.
Regresamos al autobús,
desde donde contemplamos las calles de Monreale convertidas en
un caótico mercadillo. Furgonetas abiertas y puestos improvisados
ofrecen frutas y verduras en espacios muy reducidos, en la misma
calle por la que se cruzan autobuses, coches, motocicletas, peatones
que gesticulan y hombres mayores apostados en bancos y esquinas que
conversan de manera apacible. Al autobús le cuesta llegar a las
cuestas que nos llevan de vuelta a Palermo, para pasar nuestra última
noche siciliana.
Al día siguiente, nos
llevan hasta el aeropuerto. Durante el trayecto, nos hablan de la
crisis en Italia y Sicilia, de los centros comerciales que
desaparecen, de la mafia, trasladada a Milán o Roma a la búsqueda
de un poder y de un dinero que ya no se encuentra en la isla, a pesar
de que su impronta se deja sentir hasta en la localización del
propio aeropuerto al que ahora llegamos.

Desde el aire llega, esta
sí, la última visión de la isla.
JOSÉ ANTONIO.

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